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Sí, yo estuve ahí. Era el número cuarenta y tres de la fila. Miraba hacia adelante, a los cuarenta y dos que poco a poco por periodos de diez a quince minutos se reducían. No sabía si sentir extraño de que la tercera vez que compraría amor estaría en una situación así, detrás de cuarenta y dos tipos la mayoría grasosos y sucios, con la lascivia brotándoles por los poros, o satisfecho de que al menos no era el cincuenta y cuatro, el ochenta y nueve o el ciento tres. Pero ahí estaba. Intranquilo por dentro, sereno por fuera. A mis veinte años ya tenía barba, que me proporcionaba un buen aspecto sin llegar a ser guapo y vivía sólo con mi tío el cerrajero. Era un hombre rudo que no me limitaba, no me decía qué estaba bien y qué no, me permitía hacer lo que quisiera y todo el tiempo me alentaba a comportarme como macho. A pesar de esta libertad, yo no quería terminar siendo como él, o como alguno de los cuarenta y dos de adelante. Tenía la esperanza de que algún día podría conocer a una mujer valiosa a quien respetar, amar, y terminar mi vida junto a ella. Sí, tenía la idea de ser más o menos así. Pero ese día respondí al llamado de los amigos de mi tío que me contaron de la deliciosa muchacha que viajaba en carreta de pueblo en pueblo dispuesta a satisfacer las necesidades de los hombres necesitados de amor. Buscaba a alguien especial, pero en este pueblo, ¿dónde? además el cuerpo me pedía satisfacer los calores que me recorrían de día y se extendían inclementes a las sábanas de la mañana siguiente. Pensé en Magdalena, la chica que le hizo honores a su nombre aquella noche que dejé de ser virgen. La segunda vez fue con Leonor, no menos memorable, aunque después de enterarme que mi tío había dispuesto de sus dotes una noche antes hasta me dieron ganas de vomitar. Me reí por un momento. Me causó repulsión pensar que había metido el pito donde mi tío una noche antes había eyaculado, pero estaba formado ahí, con cuarenta y dos tipos delante que sin el mayor pudor estaban esperando su oportunidad de desfogarse, de correrse en un yogurcito que no tenía igual. La verdad es que había sacado fuerzas del alcohol que bebían los amigos de mi tío. Ellos se reían, contaban chistes, alardeaban sobre el tamaño de su verga, se habían llevado un licor de hierbas y conversaban al calor etílico del día. Yo estuve abstraído, riendo con ellos comprometidamente cuando me metían un codazo en las costillas y me daban a beber de la preciosa botella. Mi abstracción se vino abajo cuando salió el primer amigo de mi tío. Tenía una expresión de placer consumado y lascivo. Dijo después de una gran exhalación: “vaya deliputi”. *** Salí con la palabra “deliputi” en mi cabeza. No creía que la señorita Eréndira fuera una puta como las que había conocido y de las que me habían contado. Pero de verdad era deliciosa. No recordé en qué momento eyaculé. Sólo me acuerdo de su rostro y su torso desnudo. No la penetré. Su belleza era inmensa, deslumbradora. Salí con los pantalones húmedos, a paso rápido para evitar a los amigos de mi tío. Mientras corría por las callecitas húmedas que olían descaradamente a sexo, me embargó una tristeza profunda. Entonces me detuve, me dobló un profundo dolor en el vientre y caí sobre el suelo. Sobre mis rodillas cansadas y los puños llenos de tierra, experimenté una rabia con sabor a injusticia. Estaba llorando y no lo contuve más, vomité lleno de asco, reventé de esperma como estaría reventando la señorita Eréndira. Nunca más pude acostarme con una mujer vendedora de amor.

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