Crónicas de mi vida independiente

Desde que trabajo acá contestando llamadas, la tienda de doña Anita, que en realidad se llama “Miscelánea Gys” (seguro muy pocos saben que así se llama este lugar), en Santa Cruz Buenavista Sur se ha vuelto un lugar de sustancial importancia para mi vida y es porque siempre paso por ahí. He aquí un corto ejemplo: La semana pasada una Guadalupe, una de tantas que hay en este pueblo y en esta vida, se encontraba reposando en la sombrita que hace el tejado de una megalómana casa blanca en la esquina casi frente a la tienda de Anita. Se recargaba en su diablito retacado de cobertores, sábanas y frazadas que llevaba en venta. La miré. ¿Dónde vende? –Uy, señorita. Hoy ando por acá, mañana quién sabe. –Me interesa un edredón individual. Luego me convenció. Quedamos en ir a mi casa para que yo pudiera pagarle. Tomamos rumbo: –Le ayudo, dije intentando torpemente tomar el diablito. –No se preocupe, una ya anda acostumbrada. Y lo tomó con ambas manos, formando una casita entre ella y el diablo, pues su altura no pasaba el exceso de tubo que sirve de agarradera, y anduvo. Sólo debíamos caminar dos calles hacia abajo. Guadalupe era una señora trajinada de carne arrugada y fuerza guerrera. Quedó viuda y con tres hijos a los 25 años. ¿Y entonces, así qué hace uno? –preguntó. –Llorar, nomás un ratito, contesté. Me sonrió. – ¿Es para su mamá el edredón? No quise contestar inmediatamente, no quise pronunciar “vivo sola” tan pronto, pero ella pudo leerlo en mis ojos; – ¿O vive sola? (no sé por qué lo escribo con interrogación si más bien fue una afirmación, y eso lo sabemos bien ambas) ­–Ssí, dije. –La felicito, no muchas mujeres se atreven. Qué gusto. Llegamos. –Tiene usted buen carácter, dijo. Desarmó los nudos del cargamento y sacó el edredón. Lo desempacó y lo abrimos entre las dos, lo extendimos y le dimos vuelta para apreciar ambos lados. –Sí, dije. Voy por el dinero. ­ ¿Se le ofrece algo? –No, de verdad. Lléveselo de una vez –y me dio el paquetote. Subí a mi apartamento, saqué el dinero y bajé de nuevo. Caminamos dos calles arriba. Mientras me contó que estudió enfermería y tuvo una especialidad en ginecología, pero luego de que el marido decidiera marcharse de esta vida, se ha dedicado de lleno a las ventas. Simplemente no hubo oportunidad para que ejerciera lo que estudió. –Entonces no vive con sus padres. –No. Llevo dos meses acá. Se les quiere, pero… hay veces en las que es mejor irse. –Sí. Fíjese, señorita que se escuchará grosero, pero a mí me vale lo que la gente diga, mientras yo esté bien… –Las opiniones y las ideas vienen y van, y uno no come de ellas, dije. –Tiene razón, señorita…. –Andrea. ¿Usted? –Guadalupe. – ¡Ah! Yo me iba a llamar Guadalupe, pero mi madre intervino en mi defensa y mejor me puso Andrea. –Qué bien, señorita. A mí la verdad me fregaron con el “Guadalupe”. Es que hay un chingo de Guadalupes. Aunque ya me acostumbré a ser la tía “Lupita”. Llegamos a la esquina que dio final a nuestro andar juntas. Escribió algunos datos míos en una libreta que sacó de una bolsa de súper que colgaba del diablo. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Di mis primeros pasos alejándome de ella, y se despidió: –Cuídese, señorita. Y no les haga caso a los demás. – ¡Sólo a usted!, exclamé Me señaló con un dedo correctivo, dibujó una sonrisa y me contestó: –Sólo a ti.

Comentarios

Entradas populares