El hoyo fonqui
Hace ya un tiempo que me había percatado de un fenómeno en particular de la sociedad urbana: los desprecios y ninguneos que una persona o grupo de personas infringen a los que no pertenecen a su círculo de conocidos. La mayoría no sabe qué hacer con su “yo” cuando se encuentra en el mismo momento y lugar con un ser desconocido. Los recursos más socorridos en estos momentos de pequeña ansiedad son pasar de largo sin dirigir la mirada o fijar la mirada por un instante minúsculo y luego pelar los ojos; el caso es encontrar la manera de reducir a cero el espacio que el desconocido ocupa. Es un mal social que se transmite como la gripa en invierno.
Estuve hundida en un tiempo de oscurantismo social por razones que atañen a mis particularidades personales. Pero hasta hace poco decidí salir del estancamiento. Curioso, lo decidí cuando estaba dentro de un hoyo. Un hoyo fonqui.
¿Existen todavía?, se preguntará alguien.
Entré porque tenía que entrar. Aquel día estaba en una especie de excursión escolar improvisada. La mera verdad yo no estaba entusiasmada de ir a la pirámide de Cholula a recitar poemas mientras nos sentábamos en círculo, a leer las tareas de los demás en voz alta y compartir comida nada más porque sí. Resultó que además de tragarme mis palabras después de que terminamos de comer, sobrellevé la situación con buena cara porque había tres litros de pulque paseándose de mano en mano, urgidos de esfumarse sin dejar rastro al calor de las risas del sol de medio día.
Me di cuenta de que estaba más alegre de lo que pensé cuando comenzamos a andar y me pareció que el profesor se había sacudido por completo el papel de guía escolar para convertirse en guía de la experiencia. Bajo mis pies pasó el camino empedrado cuesta abajo y posteriormente tierra. Después de caminar cinco minutos entramos en una calle cerrada. A lo lejos escuché “Well she looked at me, and I, I could see…” Inconfundible. Sentí que mi corazón me llevaba de corbata a la entrada de un nirvana; esta canción de The Beatles sonaba como el Himno a la Alegría. Cuando llegamos al fondo de la calle, se destapó una pequeña casa con un maguey pintado por fuera y una tela roja que bailaba a gusto del viento que fungía como puerta. Cuando la atravesé me sentí como se sienten las personas que visitan la primera vez la Basílica de Guadalupe y pasan debajo del ayate de Juan Diego.
Lo primero que miré fue un pequeño cuarto con una mesa plegable donde dos señores que jugaban dominó repasaban las piernas de las mujeres que íbamos en el grupo. Miré fijamente a uno de ellos, que me sonrió ebrio y feliz. Nos aglutinamos frente a la barra amorfa de piedra que reinaba una señora de pelo canoso. En lugar de saludar, alguien preguntó por los curados y sus precios. Los demás no djimos nada. De repente cubríamos más de la mitad del cuartito, pero no decíamos nada. Parecíamos un rebaño sin pastor.
De momento salió un chavo exigiendo otra guama desde un cuarto contiguo. Al pasar frente a mi, examinó mis ojos y mi pecho. Apliqué la de mirar al infinito. Nos invitó a pasar a todos al segundo cuarto. O más bien, al hoyo.
Llenamos el lugar. El lugar eran unas tres mesas plegables, un sofá antiguo, una cómoda roída por los años, sillas improvisadas y un TV blanco y negro donde los cuatro Beatles demostraron, como siempre por qué son inmortales. Como grupo lucíamos tan ridículos como un elefante asustado por un ratón; éramos más pero estábamos desarmados. Todos se miraban unos a otros, indecisos de acomodarse en las sillas haciendo caso omiso del chico que nos invitó a pasar y de sus amigos que estaban posados en un sillón debajo de un espacio del cuarto al que le faltaba un cacho de techo.
No tardó en llegar la señora de la barra, que se paseaba con dificultades detrás de algunos para acercarnos jarras con curados de plátano, guayaba y pulque natural. Cuando nos movíamos temerosos de estorbarle, nos sonreía con una ternura capaz de solapar cualquier vicio o arrebato y decía “no se moleste joven/señorita”. Cualquiera le hubiera querido adoptar a su familia.
El pulque se dedicó a quitarnos la pena y a calentarnos los ánimos. Nadie hablaba con los chicos del techo desnudo, el relajo era privado. Dentro de mí sentía que ya era hora de socializar el asunto, de guiñarnos los ojos, de volvernos hermanos, así que cuando los chicos del fondo buscaban un cigarro para armar algo chido con lo que se traían espurgando entre manos, decidí romper la barrera y sacar las sabanitas. Rolaron. Iván y yo no podíamos ya contener la felicidad.
Como descendido del agujero de luz, apareció el maestro Celso Piña. Los Beatles seguían cantando en la caja monocromática, cuando un alegre y envinado señor irrumpió en la dinámica dividida del cuarto. Nadie le apodó Celso Piña, así se presentó. Tenía aproximadamente cincuenta años, tez morena, complexión delgada y pants azul. Dijo que era maestro de educación física y corredor de maratones, pero nada de eso le iba por el momento; con voz de predicador, aliento alcohólico y pies titubeantes, Celso al igual que mi profesor, había decidido dejar atrás su oficio para enseñarnos otras cosas.
Celso platicaba con todos y con nadie. Se entraba en una plática y la interrumpía para vaciar su cajetilla de cigarros entre todos los presentes. A las chicas nos encendía el tabaco y nos sonreía como cuando joven. Desapareció dos minutos para traer una caja llena de caguamas, tomó dos, las destapó, les dio cuerda y las echó a andar entre manos. Reíamos, se las alcanzábamos a los del techo vacío, gracias carnal, chido, ya vas.
Se nos cayeron los prejuicios y las miradas al vacío. Para ello no fue suficiente perder la razón; no nos emborrachamos como Celso; algo dentro de nosotros en verdad había cambiado. Cuando nos levantamos, fuimos capaces de despedirnos amablemente de los chicos iluminados, de Celso, de la carismática señora e incluso de los señores del primer cuarto que habían reemplazado el dominó por un par de chelas. Afuera llovía, pero por dentro de cada uno de nosotros se había desvelado la realidad; ardía un paisaje natural, auténtico y luminoso.
Salimos del hoyo.
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