Tierra Quemada

“Hola lindo”, solías decirme al llegar a casa. Tú estudiabas casi diario en la tarde, excepto miércoles y domingos. Los sábados sólo dos horas en la mañana. Yo me quedaba en el cuarto leyendo, pintando o restaurando algún cuadro por encargo, y en ratos me desempeñaba en labores del hogar. Cuando llegabas sonaba música ligera: Ástor y Charlie eran nuestros preferidos. Vivíamos prácticamente de la beca que conseguiste por aquél concurso de cuentos infantiles, diseñaste incluso las ilustraciones. A veces yo conseguía trabajo como retratista, o como restaurador por encargo y de vez en cuando lograba vender algún paisaje de la ciudad. Pero aún así no nos faltaba nada. Preparaba para ti al llegar café irlandés, moka, té chai, o té de canela y fumábamos casi una cajetilla entre los dos. No recuerdo desde cuando comenzó a parecerme que todo se esfumaba al eco del humo de los cigarros: misteriosamente tu carga de materias se elevó, los miércoles de gloria se volvieron de ceniza, los sábados llegabas ya tarde y cansada, y los domingos despertabas muy tarde y malhumorada, salías a caminar por las calles sin mí. La rutina se había escurrido por nuestros cuerpos. Ya no te agradaba el té de canela, y te volviste alérgica a las yerbas del chai. El amor se te iba como arena por las manos. Quise regresártelo, pero no pude. Pero déjame recordarte que antes de que ésta tragedia ocurriera, cuando no estabas tan cansada en aquellos tiempos, que era casi diario, después de la bebida comenzábamos nuestro jueguito: yo recorría con mis dedos tu largo cabello, admirando cada imperfección tuya, recorría tu cuello, tus hombros, tu pecho, luego me estancaba un poco en la comisura de tu ombligo mientras tú jugabas con mi cabeza, explorabas con tu lengua mis orejas, mi oído, mi cuello. Te prendías en mi nuca como si yo fuera tu único consuelo. Te absolvías con mi cuerpo, te exaltabas y luego exhalabas a la par de mis orejas. No sólo ardíamos en la cama, sino donde fuera que el amor nos encontrara: lo recreábamos lo mejor posible. A veces creía que en lugar de cuerpos, éramos representaciones del mismo amor, como si fuéramos monumentos sin contratos. Te lo dije, ¿recuerdas? Estábamos unidos, pero no atados. Así era mejor. Te digo todo esto querida, por que pareces sufrir una grave amnesia desde el día que te fuiste sin decir nada, sin nota ni pista de dónde te perdí, ni de cómo fui exiliado a tu olvido. ¿Cómo querida, fue que tu fuego se apagó?, ¿Cómo fue que las golondrinas se murieron y dejaron sus cadáveres en tu almohada? Por que te fuiste, pero se te olvidó llevarte lo que queda de mí; un esqueleto con una mínima dosis de tortuosa vida. El espejo, la puerta, el teléfono, el sofá testigo, la cama… todos ellos me hablan. Vaya lindo monumento en que me convertí, lleno de excremento de ave, en cualquier glorieta gris de la ciudad. Tal vez te hice beber de un sorbo el licor del placer. Ahora soy agua pasada, tierra quemada.

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